Hay algo que hacemos todos los días sin darnos cuenta: estamos siendo formados. Cada conversación, cada decisión, cada hábito, cada persona que dejamos entrar en nuestra vida y cada cosa a la que prestamos nuestra atención va dejando una pequeña huella en nosotros. No somos exactamente los mismos que éramos hace cinco años, ni siquiera los mismos que éramos hace un año. Algo nos ha ido moldeando por el camino.
La pregunta, entonces, no es si estamos siendo formados. La pregunta es quién nos está formando.
Vivimos en una época en la que hablamos mucho de aprender, crecer, adquirir conocimientos y mejorar. Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior. Podemos escuchar una predicación mientras hacemos deporte, leer un libro mientras viajamos, estudiar la Biblia desde el teléfono y escuchar en cuestión de segundos a personas que están a miles de kilómetros. Nunca había sido tan fácil acumular contenido espiritual. Pero existe una diferencia enorme entre estar informado acerca de Jesús y estar siendo formado por Jesús.
Pablo escribe a los cristianos de Roma: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2). Es interesante que Pablo no presenta la vida cristiana como una especie de espacio neutral en el que nosotros decidimos tranquilamente qué influencia queremos recibir. Hay algo que está intentando conformarnos constantemente. El mundo tiene una manera de enseñarnos qué valorar, qué desear, qué considerar éxito, qué temer y hasta qué significa ser feliz.
Nos acostumbramos a ciertas formas de pensar porque las hemos escuchado durante años. Empezamos a reaccionar de determinada manera porque llevamos mucho tiempo haciéndolo. Aprendemos a protegernos, a desconfiar, a compararnos, a necesitar aprobación o a vivir siempre con prisa. Algunas de esas cosas no aparecieron de repente; fueron entrando poco a poco hasta convertirse en parte de nosotros.
Por eso la formación espiritual no consiste solamente en añadir cosas buenas a nuestra agenda. No se trata únicamente de conseguir leer más la Biblia, orar más tiempo o asistir a más reuniones. Todas esas cosas pueden ser profundamente importantes, pero la pregunta que deberíamos hacernos va un poco más allá: ¿qué clase de persona estoy llegando a ser mientras hago todo esto?
Porque podemos conocer mucho sobre el amor y seguir siendo personas incapaces de amar cuando alguien nos contradice. Podemos hablar sobre el perdón y continuar alimentando durante años el recuerdo de aquello que nos hicieron. Podemos escuchar cientos de mensajes sobre la confianza en Dios y seguir viviendo dominados por la necesidad de tenerlo todo bajo control. Podemos saber explicar qué dice Jesús y, sin embargo, parecernos cada vez menos a Él en nuestra manera de tratar a las personas.
Eso es lo que hace tan profunda la llamada de Jesús al discipulado. Él no dijo simplemente: «Aprended mis enseñanzas». Tampoco dijo: «Aprended a hacer correctamente las cosas que hago». Cuando invita a sus discípulos a aprender de Él, pone delante de ellos algo mucho más profundo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».
Jesús no está formando únicamente nuestras ideas. Está formando nuestro corazón.
Tal vez una de las preguntas más importantes que podemos hacernos de vez en cuando no sea «¿cuánto he aprendido?», sino «¿en quién me estoy convirtiendo?». Porque el objetivo de seguir a Jesús no es convertirnos en personas que saben comportarse como cristianos durante unas horas a la semana. Es permitir que, poco a poco, Jesús transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de reaccionar, de relacionarnos, de trabajar, de descansar y de atravesar las dificultades.
El problema es que esta clase de transformación no suele ser espectacular. La obra de Dios en nosotros muchas veces tiene el aspecto de algo pequeño hasta que miramos hacia atrás y descubrimos que ya no somos quienes éramos.
Por eso no deberíamos despreciar los procesos lentos. Hay cosas que solo pueden crecer con el tiempo. La paciencia no aparece porque un día decidamos ser pacientes. La humildad no nace porque nos propongamos parecer humildes. El dominio propio no se construye en una tarde. Son fruto de una vida que permanece cerca de Jesús y permite que su Espíritu trabaje en aquello que todavía necesita ser transformado.
Quizá por eso necesitamos dejar de medir nuestra madurez solamente por lo que sabemos y comenzar a reconocerla también en aquello que antes nos dominaba y ahora ya no tiene el mismo poder sobre nosotros.
Hay una diferencia entre saber que Jesús es humilde y empezar a reaccionar con humildad. Hay una diferencia entre saber que Jesús perdona y comenzar a perdonar como Él. Hay una diferencia entre admirar su manera de amar y descubrir que, poco a poco, empezamos a mirar a las personas con unos ojos diferentes.
La evidencia de que estamos cerca de Jesús no es solamente cuánto sabemos de Él, sino cuánto de Él comienza a aparecer en nosotros.
Esto también nos ayuda a entender por qué el Espíritu Santo ocupa un lugar tan importante en nuestra transformación. No estamos intentando fabricar una versión cristiana de nosotros mismos. No se trata de apretar los dientes y esforzarnos para parecer mejores personas. Hay una obra que nosotros no podemos producir por nuestra propia fuerza.
Pablo dice que somos transformados «en la misma imagen» y que esto sucede «como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18). El Espíritu no viene simplemente para ayudarnos a hacer cosas para Dios; viene a hacer una obra profunda en nosotros. Toma lo que somos y comienza a llevarlo hacia aquello que Dios quiere formar.
Y eso significa que incluso nuestras luchas pueden convertirse en lugares de encuentro con Dios. No tenemos que esconder esas áreas delante de Dios. Al contrario, podemos llevarlas precisamente allí.
Quizá hoy no puedas ver todo lo que Dios está haciendo en ti. Tal vez todavía haya cosas que esperabas haber superado hace tiempo. Tal vez mires algunas áreas de tu vida y pienses que el cambio está ocurriendo demasiado despacio. ¡Pero no te confundas! Hay procesos de Dios que solo pueden reconocerse cuando miramos hacia atrás.
Pedro podría haberse quedado definido por aquella noche en la que negó a Jesús. Tenía buenas intenciones, había prometido fidelidad y estaba convencido de que nunca abandonaría a su Maestro. Pero sus buenas intenciones no fueron suficientes. Necesitaba algo más profundo. Necesitaba ser formado.
Y después de la resurrección, Jesús no terminó la historia de Pedro con su fracaso. Volvió a buscarlo, restauró su corazón y, finalmente, el Espíritu Santo vino sobre él. El hombre que había tenido miedo de reconocer que conocía a Jesús delante de una criada terminó anunciando públicamente a Cristo delante de una multitud.
Pedro no se convirtió en otra persona porque un día decidiera esforzarse más. Fue transformado mientras seguía caminando con Jesús y permitía que el Espíritu hiciera en él una obra que no podía hacer por sí mismo.
Lo importante es no dejar de caminar. Porque con el tiempo, mientras permanecemos cerca de Jesús, mientras escuchamos su voz, mientras permitimos que su Espíritu confronte, sane, corrija y transforme nuestro corazón, algo empieza a suceder casi imperceptiblemente: aquello que contemplamos comienza a parecernos, y aquello que amamos comienza a definirnos.
Para reflexionar:
- ¿En qué áreas de mi vida puedo reconocer que estoy siendo formado por influencias que no vienen de Jesús?
- Más allá de todo lo que sé sobre Dios, ¿qué evidencias puedo encontrar de que mi manera de pensar, reaccionar o relacionarme está siendo transformada?
- ¿Hay alguna parte de mi vida que estoy intentando esconder o controlar en lugar de entregársela al Espíritu Santo?
- Si sigo viviendo y caminando con Jesús como lo estoy haciendo hoy, ¿en qué clase de persona me estaré convirtiendo con el paso del tiempo?


