Hay temporadas en las que sentimos que nuestra vida necesita un cambio y, casi automáticamente, pensamos en todo lo que deberíamos añadir. Una nueva rutina. Un nuevo hábito. Un nuevo compromiso. Más disciplina. Más oración. Más lectura. Más organización. Parece que crecer siempre significa incorporar algo más a una agenda que ya estaba bastante llena.
Pero quizás una de las invitaciones más profundas de Jesús no sea precisamente añadir, sino aprender a quitar.
Cuando Jesús llegó a casa de Marta y María, las dos estaban cerca de Él, pero estaban viviendo su presencia de maneras completamente diferentes. Marta estaba ocupada atendiendo todo lo que había que hacer. María, en cambio, estaba sentada a sus pies escuchando sus palabras. Lo interesante es que Marta no estaba haciendo nada malo. Estaba sirviendo. Estaba atendiendo. Probablemente estaba haciendo muchas cosas que alguien tenía que hacer.
Sin embargo, Jesús le dice:
“Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria.”
El problema de Marta no era simplemente que tuviera muchas cosas que hacer. El problema era que las muchas cosas habían comenzado a desplazar la única cosa necesaria.
Y quizá eso nos ocurre con más frecuencia de lo que queremos reconocer.
Podemos llenar nuestra vida de responsabilidades legítimas. Trabajamos, cuidamos de nuestra familia, servimos, hacemos planes, contestamos mensajes, resolvemos problemas y cumplimos compromisos. Incluso podemos llenar nuestra agenda de actividades relacionadas con Dios y, aun así, descubrir que llevamos días caminando deprisa alrededor de Jesús, pero muy poco tiempo caminando con Jesús.
Es posible estar haciendo muchas cosas para Jesús y, al mismo tiempo, estar perdiendo la capacidad de estar con Él.
Por eso Jesús utiliza una imagen tan sencilla en Juan 15. No habla de una máquina que necesita producir más, sino de una rama que necesita permanecer conectada. “Permanezcan en mí”. Esa palabra permanecer contiene la idea de quedarse, habitar, hacer morada. Es como si Jesús estuviera diciendo: Haz de mí el lugar al que continuamente regresas.
Antes de preguntarte qué tienes que hacer, quizá deberías preguntarte a qué estás conectado.
Porque todos regresamos a algún lugar cuando tenemos un espacio vacío. Cuando termina una conversación, cuando tenemos cinco minutos libres, cuando nos acostamos, cuando despertamos, cuando esperamos en algún sitio. Casi inconscientemente buscamos algo hacia donde dirigir nuestra atención. Y aquello a lo que regresamos constantemente termina ocupando un espacio importante dentro de nosotros.
Quizá por eso permanecer en Jesús no consiste únicamente en reservar unos minutos por la mañana para Él. Es aprender a regresar a Él durante el día.
Poco a poco, su presencia deja de ser una actividad dentro de tu horario y comienza a convertirse en el lugar desde el que vives.
Y para que eso ocurra probablemente tendremos que hacer menos.
Menos ruido. Menos necesidad de llenar cada silencio. Menos velocidad. Menos estímulos. Incluso, algunas veces, menos actividades buenas. No porque esas cosas sean necesariamente malas, sino porque una vida completamente llena difícilmente deja espacio para permanecer.
Jesús nunca pareció vivir apresurado. Tenía una misión enorme, personas que constantemente necesitaban algo de Él y apenas unos años para desarrollar su ministerio. Sin embargo, encontraba espacio para retirarse, orar, caminar, detenerse ante una persona y compartir la mesa. Su vida tenía propósito, pero no estaba gobernada por la prisa.
Tal vez necesitamos aprender ese ritmo.
Madurez espiritual no siempre significa hacer más para Dios. Algunas veces significa eliminar lo suficiente para volver a estar con Dios.
Cuando María se sentó a los pies de Jesús, aparentemente dejó de producir. Mientras Marta hacía cosas, María parecía estar simplemente escuchando. Pero Jesús dijo que ella había escogido “la buena parte”. Porque hay momentos en los que detenerse delante de Jesús no es perder el tiempo; es recuperar el centro.
Desde ahí cambia todo.
No permanecemos con Jesús para escapar de nuestras responsabilidades, sino para regresar a ellas siendo personas diferentes. Volvemos al trabajo con otra paz. Volvemos a nuestra familia con más paciencia. Volvemos a servir con un corazón menos agotado. Volvemos a nuestros problemas recordando que no cargamos solos con ellos.
El fruto comienza a aparecer no porque nos hayamos esforzado desesperadamente por producirlo, sino porque hemos permanecido conectados a la fuente. Esa es precisamente la lógica de Juan 15: el fruto es la consecuencia natural de permanecer unidos a la vid.
Quizá hoy no necesitas añadir nada nuevo a tu vida. Quizá necesitas recuperar espacio.
Espacio para escuchar. Espacio para estar en silencio. Espacio para abrir la Palabra sin prisas. Espacio para caminar sin auriculares durante unos minutos y hablar con Jesús. Espacio para dirigir nuevamente hacia Él una mente que se ha acostumbrado a vivir dispersa.
Porque al final, el objetivo no es construir una vida perfectamente organizada alrededor de Jesús.
El objetivo es construir una vida que permanezca en Jesús.
Y desde ahí aprender, poco a poco, a caminar a su ritmo.
PARA REFLEXIONAR
- ¿Cuáles son esas “muchas cosas” que actualmente están ocupando la mayor parte de mi atención?
- Cuando tengo un momento libre, ¿hacia dónde suele dirigirse automáticamente mi mente?
- ¿Hay algo bueno que necesito reducir para recuperar espacio real para estar con Jesús?
- ¿Cómo podría convertir pequeños momentos cotidianos de esta semana en oportunidades para volver a Él?


