Las personas que se sientan a nuestra mesa
Hay una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos: ¿Qué dirían de nuestra fe las personas que más nos conocen?
No quienes nos ven un par de horas el domingo, sino quienes comparten la vida con nosotros. Las personas que nos ven cuando estamos cansados, cuando las cosas no salen bien o cuando bajamos la guardia. Porque es relativamente fácil reflejar el carácter de Cristo en los lugares donde somos observados. Lo difícil es reflejarlo en los lugares donde somos conocidos.
Y, sin embargo, es precisamente ahí donde Dios suele comenzar su obra.
A veces pensamos que la madurez espiritual consiste en hacer grandes cosas para Dios. Pero cuando leemos las Escrituras descubrimos que Dios suele empezar mucho más cerca de casa. Empieza con un matrimonio. Con una conversación pendiente. Con una palabra de honra. Con una mesa compartida.
«Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:18).
La paz no siempre depende completamente de nosotros, pero nuestra actitud sí. Podemos decidir si construiremos puentes o levantaremos muros. Podemos decidir si seguiremos justificando nuestras reacciones o permitiremos que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón.
Porque la armonía no aparece por accidente. Se cultiva. Se construye en la forma en que hablamos a nuestro cónyuge, en la paciencia que mostramos con nuestros hijos, en la honra que seguimos ofreciendo a nuestros padres y en la manera en que tratamos a nuestros hermanos en la fe.
La verdadera espiritualidad siempre termina encontrando expresión en nuestras relaciones.
«El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20).
Nuestro amor por Dios se hace visible en la manera en que tratamos a las personas que Él ha puesto cerca de nosotros. Y las primeras personas que Dios pone delante de nosotros suelen ser las que están más cerca: las que viven bajo nuestro mismo techo, las que comparten nuestra historia y las que se sientan a nuestra mesa.
Cuando el amor, la honra, el perdón y la reconciliación encuentran espacio en una casa, esa casa comienza a parecerse un poco más al Reino de Dios. No porque sea perfecta, sino porque Cristo está siendo formado en las personas que viven en ella.
Tal vez hoy el Espíritu Santo no te esté llamando a hacer algo espectacular. Tal vez te esté invitando a mirar nuevamente a las personas que se sientan a tu mesa.
A preguntarte si se sienten amadas. Si se sienten escuchadas. Si pueden ver a Jesús en la manera en que las tratas.
Porque antes de alcanzar ciudades, Dios suele transformar hogares. Y muchas veces las primeras relaciones que Dios quiere sanar no son las más lejanas. Son las que están justo delante de nosotros.
Para meditar:
“Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de pecados.”
1 Pedro 4:8
Preguntas para reflexionar:
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¿Cómo describirían mi fe las personas que conviven conmigo cada día?
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¿Hay alguna relación en mi hogar que necesite más amor, paciencia o reconciliación?
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¿Estoy reflejando el carácter de Cristo a las personas más cercanas a mí?
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¿Qué paso concreto puedo dar esta semana para construir armonía en mi casa?
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