El peligro de vivir desde una herida no sanada
Hay heridas que sabemos identificar con facilidad. Podemos señalar el momento exacto en que ocurrieron, recordar las palabras que las provocaron o incluso nombrar a la persona que las causó. Pero existen otras heridas más profundas, más silenciosas. No ocupan nuestros pensamientos todos los días y, sin embargo, siguen influyendo en la manera en que vivimos.
Con el paso del tiempo aprendemos a convivir con ellas. Nos acostumbramos a su presencia. Dejamos de pensar en ellas como heridas y comenzamos a considerarlas parte de nuestra personalidad. Decimos: “Yo soy así”. “Me cuesta confiar”. “No necesito a nadie”. “Prefiero mantener distancia”. Sin darnos cuenta, lo que comenzó como una respuesta al dolor termina convirtiéndose en una forma de vida.
Quizás esa es una de las cosas más peligrosas de una herida no sanada: rara vez permanece encerrada en el pasado. Siempre encuentra la manera de hacerse presente en el hoy.
Una decepción puede convertirse en desconfianza permanente. Un rechazo puede transformarse en inseguridad. Una traición puede levantar muros tan altos que nadie consiga acercarse lo suficiente para amarnos. La herida deja de ser un recuerdo y comienza a convertirse en un filtro. Ya no vemos las personas tal como son; las vemos a través del dolor que llevamos dentro.
Por eso muchas veces reaccionamos de maneras que ni nosotros mismos entendemos. Una palabra nos afecta más de lo normal. Un comentario inocente nos hiere profundamente. Una situación pequeña despierta emociones desproporcionadas. Pensamos que estamos respondiendo a lo que acaba de suceder, cuando en realidad estamos reaccionando a algo mucho más antiguo.
El corazón tiene memoria. Puede olvidar detalles, pero rara vez olvida el dolor. Y cuando ese dolor no ha sido llevado a la luz de Dios, continúa buscando maneras de protegerse. Es entonces cuando construimos murallas.
Al principio parecen necesarias. Después de todo, nadie quiere volver a sufrir. Cerramos algunas puertas, mantenemos ciertas distancias y aprendemos a no exponernos demasiado. Nos convencemos de que estamos siendo prudentes cuando, en realidad, muchas veces estamos siendo gobernados por el temor.
Lo paradójico es que las mismas murallas que levantamos para impedir la entrada del dolor también impiden la entrada del amor.
Nos protegemos del rechazo, pero también de la intimidad. Nos protegemos de la traición, pero también de la confianza. Nos protegemos del sufrimiento, pero también de la posibilidad de experimentar relaciones sanas.
Quizás por eso Proverbios afirma que «el hermano ofendido es más difícil de ganar que una ciudad fortificada» (Proverbios 18:19). La Escritura no está describiendo simplemente a una persona enfadada. Está hablando de alguien que ha sido herido y que, para no volver a sufrir, ha levantado fortalezas alrededor de su corazón. El problema nunca fue la fortaleza. El problema fue la herida que la construyó.
Sin embargo, antes de que Dios sane una herida, normalmente nos invita a reconocerla. Eso fue lo que hizo el salmista. En lugar de esconder su dolor, lo expresó delante de Dios con una honestidad conmovedora: «Mi corazón está herido y seco como la hierba» (Salmo 102:4). No intentó parecer fuerte. No minimizó lo que estaba viviendo. Tampoco fingió que todo estaba bien.
Qué diferente es nuestra tendencia. Muchas veces queremos sanar sin reconocer que estamos heridos. Queremos experimentar libertad sin admitir aquello que todavía nos esclaviza. Pero Dios no trabaja sobre la versión maquillada de nuestra vida. Él trabaja sobre la verdad.
Hay algo profundamente liberador en dejar de aparentar delante de Dios.
Porque cuando reconocemos nuestras heridas descubrimos que no estamos acercándonos a un juez impaciente, sino a un Padre compasivo. La promesa de la Escritura sigue siendo la misma: «Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas» (Salmo 147:3).
Observa el lenguaje del salmo. Dios no solamente sana; también venda.
La sanidad es su obra. Pero el vendaje habla de su cuidado. Habla de un Dios que no trata nuestras heridas con prisa. De un Dios que conoce nuestros tiempos, nuestras luchas y nuestros procesos. De un Dios que no se aleja de nosotros mientras todavía estamos recuperándonos.
Quizás esa sea una de las razones por las que tantas personas continúan viviendo desde sus heridas. Han llegado a creer que el dolor que arrastran es demasiado profundo, demasiado complejo o demasiado antiguo para ser restaurado.
Sin embargo, Dios habló precisamente a personas que pensaban así. A través del profeta Jeremías declaró: «Yo haré venir sanidad para ti y sanaré tus heridas» (Jeremías 30:17).
Lo que para nosotros parece irreversible nunca ha sido un problema para Dios. Lo que llevamos años soportando, Él puede transformarlo. Lo que creemos que nos definirá para siempre, Él puede redimirlo.
Pero la sanidad verdadera no comienza cuando entendemos nuestras heridas. Comienza cuando llevamos nuestras heridas a Cristo. Porque Jesús no vino solamente a perdonar nuestros pecados. También vino a cargar con nuestros dolores.
Isaías lo anunció siglos antes: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores» (Isaías 53:4).
Jesús sabe lo que significa ser rechazado. Sabe lo que significa ser traicionado por un amigo. Sabe lo que significa ser abandonado, acusado injustamente y despreciado. No observa nuestras heridas desde la distancia. Las comprende desde la experiencia.
Por eso la cruz es mucho más que el lugar donde encontramos perdón. También es el lugar donde encontramos sanidad.
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones… y por sus heridas fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).
Hay una diferencia enorme entre recordar una herida y vivir desde una herida.
Y quizás esa sea la pregunta que el Espíritu Santo quiere hacernos hoy: ¿estoy viviendo desde la gracia de Cristo o desde una herida que todavía no he entregado completamente a Él?
Porque mientras una herida permanezca abierta, continuará moldeando silenciosamente nuestra manera de pensar, amar y relacionarnos. Pero cuando la colocamos en las manos de Jesús, deja de convertirse en una prisión y comienza a transformarse en un testimonio de su fidelidad.
Tu herida puede explicar muchas cosas acerca de tu pasado. Pero no tiene autoridad para determinar tu futuro.
Esa autoridad le pertenece a Cristo, el que sana a los quebrantados de corazón, venda sus heridas y hace nuevas todas las cosas.
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