La formación espiritual funciona como un entrenamiento: las prácticas espirituales no son la meta en sí misma, sino parte del proceso que Dios utiliza para transformarnos, tal como Jesús nos invita a venir a Él (Mateo 11:28) y como enseña Lucas 6:40 sobre llegar a ser como nuestro maestro. Como decía San Agustín: "Sin Él nosotros no podemos, sin nosotros, Él no lo hará". Basados en 2 Corintios 3:18, descubrimos que ser transformados a la imagen de Jesús requiere rendirnos por completo, sin máscaras ni apariencias, porque la verdadera transformación comienza justo donde termina la apariencia (1 Juan 4:17).
Aceptar este proceso significa reconocer, según Romanos 12:2, que estamos siendo transformados poco a poco en la misma imagen de Cristo, aunque a veces ese proceso duela, porque aquello que Dios va quitando ha formado parte de nosotros durante mucho tiempo. Todo esto sucede al permitir la obra del Espíritu Santo en nuestra vida, cuyo fruto se describe en Gálatas 5:22-25: los dones muestran lo que Dios puede hacer a través de nosotros, pero el fruto muestra lo que Dios hace en nosotros. Un mensaje que nos recuerda que Dios no ha terminado con nosotros todavía.
Aceptar este proceso significa reconocer, según Romanos 12:2, que estamos siendo transformados poco a poco en la misma imagen de Cristo, aunque a veces ese proceso duela, porque aquello que Dios va quitando ha formado parte de nosotros durante mucho tiempo. Todo esto sucede al permitir la obra del Espíritu Santo en nuestra vida, cuyo fruto se describe en Gálatas 5:22-25: los dones muestran lo que Dios puede hacer a través de nosotros, pero el fruto muestra lo que Dios hace en nosotros. Un mensaje que nos recuerda que Dios no ha terminado con nosotros todavía.