Hay una pregunta que, tarde o temprano, aparece en el corazón de quienes desean servir a Dios: ¿cómo puede Él confiarme algo tan importante si todavía hay tantas cosas en mi vida que necesitan cambiar?
Conocemos nuestras debilidades, nuestras contradicciones y esas áreas en las que todavía nos cuesta parecernos a Jesús. A veces pensamos que necesitamos esperar un poco más. Que primero debemos madurar, fortalecer nuestra fe y resolver ciertas cuestiones. Después, cuando estemos preparados, podremos ser útiles en las manos de Dios.
Pero ¿y si el discipulado no funcionara exactamente así?
Cuando Jesús llamó a sus primeros discípulos, no estaba reuniendo a personas que ya habían alcanzado una madurez extraordinaria. Pedro era impulsivo, los discípulos tenían dificultades para comprender muchas de sus enseñanzas y, en ocasiones, el miedo podía más que su fe. Sin embargo, Jesús los llamó y los invitó a caminar con Él.
No los llamó porque ya fueran todo lo que debían llegar a ser. Los llamó para transformarlos mientras caminaban a su lado.
Jesús no espera necesariamente a que seamos perfectos para comenzar a trabajar a través de nuestra vida. Muchas veces, es precisamente mientras respondemos a su llamado cuando Él sigue formando nuestro carácter.
Esto cambia nuestra manera de entender la misión. Quizá hemos imaginado que primero debemos convertirnos en discípulos maduros y después comenzar a hacer discípulos. Primero debemos aprenderlo todo y después enseñar. Primero debemos superar nuestras debilidades y después servir.
Pero los discípulos aprendían mientras caminaban. Descubrían quién era Jesús mientras participaban en su misión y eran confrontados con sus propias limitaciones precisamente cuando intentaban hacer lo que Él les había enseñado.
El camino de la obediencia también se convirtió en un lugar de formación.
Pensemos en Pedro. Después de haber negado a Jesús, podría haber llegado a la conclusión de que su historia como discípulo había terminado. ¿Con qué autoridad podría ahora hablar de Jesús? ¿Cómo podría cuidar de otros después de haber demostrado semejante debilidad?
Sin embargo, cuando Jesús resucitado se encontró con él junto al mar de Galilea, no le dijo que desapareciera hasta que consiguiera arreglar su vida. Le preguntó si lo amaba y volvió a encomendarle una responsabilidad: cuidar de sus ovejas. Después le dijo: «Sígueme» (Juan 21:19).
Pedro recibiría una misión, pero seguiría necesitando caminar detrás de su Maestro. Tendría que continuar aprendiendo, dependiendo de Él y permitiendo que su vida fuera transformada.
Su fracaso no tuvo la última palabra.
Quizá eso es lo que necesitamos recordar cuando nos sentimos insuficientes. Nuestro pasado no tiene por qué convertirse en una prisión. Nuestras debilidades no tienen por qué definir permanentemente nuestro futuro. En las manos de Jesús, podemos levantarnos, recibir su gracia y continuar caminando.
Esto no significa que nuestras acciones carezcan de importancia o que podamos ignorar aquello que necesita ser corregido. La gracia nunca es una invitación a permanecer igual. Es la oportunidad de volver a Jesús y permitir que Él siga trabajando en nosotros.
Pablo escribió a los filipenses que aquel que había comenzado en ellos la buena obra la perfeccionaría hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Dios no ha terminado su obra en nosotros. Seguimos creciendo, aprendiendo y siendo transformados.
Y mientras tanto, también podemos responder a su llamado.
No confundas tus limitaciones con una descalificación. Hay una diferencia entre reconocer humildemente que necesitas crecer y utilizar esa realidad como una razón permanente para no obedecer.
El llamado de Jesús no es una invitación a demostrar que podemos hacerlo todo por nuestras propias fuerzas. Es una invitación a caminar con Él, aprender de Él y depender de Él mientras respondemos a lo que nos ha encomendado.
Quizá hoy no necesitas preguntarte únicamente cuánto te falta para estar preparado. Quizá también necesitas preguntarte qué paso de obediencia puedes dar ahora.
No tienes que convertirte en alguien que nunca falla para comenzar a vivir con fidelidad. Necesitas un corazón dispuesto a seguir a Jesús, sensible a su corrección y abierto a la obra que Él quiere hacer en ti.
Todavía estamos en proceso. Pero, gracias a su gracia, la misión no tiene que esperar.
Para reflexionar
- ¿Estoy utilizando alguna de mis debilidades o fracasos como una razón para mantenerme al margen de aquello a lo que Jesús me llama?
- ¿Qué área de mi vida necesito rendir hoy a Jesús?
- ¿Cuál es el siguiente paso de obediencia que puedo dar, aun reconociendo mis limitaciones?
Señor Jesús, gracias porque tu llamado no depende de que haya alcanzado la perfección. Ayúdame a no esconder mis debilidades, pero tampoco a permitir que me paralicen. Enséñame a caminar contigo, a obedecerte con humildad y a confiar en que seguirás formando mi carácter mientras cumplo aquello que me has encomendado. Amén.