Cuando todavía no ves lo que Dios va a hacer
Hay momentos en los que obedecer a Dios parece llevarnos exactamente al lugar contrario del que esperábamos. Pensamos que seguir su dirección debería facilitarnos el camino, abrir puertas delante de nosotros y confirmar, de alguna manera, que hemos tomado la decisión correcta. Sin embargo, la experiencia de los discípulos aquella noche fue completamente diferente.
Acababan de vivir uno de esos días que difícilmente podrían olvidar. Habían visto a Jesús alimentar a una multitud con apenas unos panes y unos peces. Lo imposible había ocurrido delante de sus propios ojos y, seguramente, todavía estaban intentando asimilarlo cuando Jesús les pidió que subieran a una barca y cruzaran al otro lado del lago.
Ellos obedecieron. Pero mientras avanzaban, el viento comenzó a soplar en contra y las olas golpearon con fuerza la embarcación. Lo interesante de esta historia es que aquella dificultad no apareció porque los discípulos hubieran tomado una mala decisión. No estaban allí por haberse alejado de Jesús ni por haberse equivocado de camino. Estaban en medio de aquella tormenta precisamente porque habían hecho lo que Jesús les había dicho.
Quizá una de las ideas que necesitamos revisar acerca de nuestra vida con Dios es la manera en la que interpretamos la resistencia. Con demasiada facilidad pensamos que, si algo se complica, probablemente nos hemos equivocado. Cuando una puerta no se abre, los resultados tardan en llegar o las circunstancias comienzan a ponerse en contra, enseguida nos preguntamos si realmente habremos escuchado bien a Dios. Pero no todo viento contrario significa que estás caminando en la dirección equivocada. Algunas veces puedes estar exactamente donde Dios quiere que estés y, aun así, tener que remar con todas tus fuerzas.
Aquellos hombres tenían algo a lo que aferrarse: Jesús les había dicho que fueran al otro lado. No les había explicado qué sucedería durante el trayecto ni les había advertido de la tormenta. Tampoco les había contado que, unas horas después, lo verían acercarse caminando sobre el agua. Simplemente les había dado una dirección y ahora, en medio de la oscuridad, esa palabra era prácticamente lo único que tenían.
Y quizá ahí comienza realmente lo sobrenatural.
Cuando pensamos en este relato, nuestra atención suele dirigirse rápidamente hacia Pedro. Es comprensible. Hay algo extraordinario en la imagen de un hombre abandonando una barca en mitad de una tormenta, colocando sus pies sobre el mar y descubriendo que aquello que naturalmente debería hundirlo puede sostenerlo cuando Jesús le dice que venga. Sin embargo, antes de ese momento hubo muchas horas de oscuridad, cansancio y esfuerzo. Antes de que Pedro pudiera caminar sobre el agua, tuvo que aprender junto a los demás a permanecer en la barca y seguir avanzando cuando nada extraordinario parecía estar sucediendo.
Antes de caminar sobre el agua, tuvieron que aprender a seguir remando contra el viento.
Esta es una parte de la vida con Dios de la que quizá hablamos menos cuando pensamos en lo sobrenatural. Nos gustan los momentos en los que Dios interviene de una manera evidente, las puertas que se abren inesperadamente, las respuestas que llegan, las circunstancias que cambian y esas experiencias en las que podemos reconocer con claridad que solo Él podía hacerlo. Pero entre una promesa y su cumplimiento suele existir un camino, y muchas veces ese camino se recorre simplemente permaneciendo fieles en nuestra obediencia.
Hay temporadas en las que oramos y todavía no vemos respuesta. Seguimos obedeciendo, aunque los resultados no aparecen. Sabemos lo que Dios puso en nuestro corazón, pero las circunstancias parecen contar una historia completamente diferente. Son esos momentos en los que la fe deja de sentirse emocionante y comienza a parecerse mucho más a aquellos discípulos sujetando unos remos durante horas, cansados y golpeados por el viento, intentando avanzar unos metros más.
Hebreos dice que necesitamos perseverar para que, después de haber hecho la voluntad de Dios, recibamos lo prometido. Hay una fe que cree para comenzar, pero también existe una fe que permanece cuando el entusiasmo del principio ha desaparecido. Es la fe que continúa amando, sirviendo, orando y obedeciendo cuando todavía no existe ninguna señal visible de que algo esté a punto de cambiar.
A veces, la mayor expresión de fe no es caminar sobre el agua, sino seguir remando cuando el viento sopla en contra.
Hay, además, un pequeño detalle de esta historia que cambia completamente la manera de contemplar aquella noche. Marcos cuenta que, mientras los discípulos luchaban contra el viento, Jesús los vio remando con gran esfuerzo. Ellos estaban lejos, rodeados de oscuridad y probablemente sintiéndose completamente solos en medio del lago. No podían ver a Jesús desde la barca, pero Jesús sí podía verlos desde donde estaba.
Tal vez esta sea una de las verdades que necesitamos recordar cuando atravesamos temporadas en las que parece que Dios guarda silencio. Nuestra incapacidad para verlo no significa que Él haya dejado de vernos. Podemos no entender lo que está haciendo, no saber cuánto tiempo queda o incluso preguntarnos por qué permitió que llegáramos hasta ese lugar, pero nada de eso significa que hayamos desaparecido de su mirada.
Que tú no puedas ver lo que Dios está haciendo no significa que Dios haya dejado de verte a ti.
Jesús sabía exactamente dónde estaban aquellos hombres y también sabía cuánto habían remado. Y cuando llegó el momento, comenzó a caminar hacia ellos sobre aquello mismo que durante horas los había estado golpeando. El mar que parecía amenazar su avance estaba debajo de los pies de Jesús. Lo que para ellos era un obstáculo, para Él nunca había dejado de estar bajo su autoridad.
Quizá por eso algunas tormentas solo terminan teniendo sentido cuando las miramos desde el otro lado. Mientras estamos dentro de ellas sentimos principalmente el cansancio, la resistencia y la incertidumbre. Después, con el tiempo, descubrimos que Dios estaba formando algo en nosotros, llevándonos hacia un lugar que todavía no podíamos ver o preparando un encuentro con Él que difícilmente habría ocurrido en aguas tranquilas.
Los discípulos comenzaron aquella travesía pensando simplemente que tenían que cruzar un lago. Terminaron descubriendo algo más acerca de quién era Jesús. Y Pedro, en medio de aquella misma tormenta, terminó experimentando algo que jamás habría conocido si aquella noche hubiera transcurrido exactamente como esperaba.
Puede que ahora mismo haya algún área de tu vida en la que sientas que llevas demasiado tiempo remando. Has obedecido, has orado, has intentado permanecer fiel y, aun así, el viento continúa soplando en contra. Tal vez no necesitas interpretar inmediatamente esa resistencia como una señal para abandonar. Quizá todavía estás en mitad del trayecto y aún no puedes ver lo que Dios está preparando al otro lado.
Sigue remando. Jesús sabe dónde estás, y la tormenta no ha cambiado lo que Él dijo.
PARA REFLEXIONAR
- ¿En qué área de mi vida siento actualmente que estoy remando contra el viento?
- ¿He interpretado alguna dificultad como una señal para abandonar algo que Dios todavía me está pidiendo sostener?
- ¿Cuál fue la última dirección clara que Dios puso en mi corazón y que necesito seguir obedeciendo aunque todavía no vea resultados?
- ¿Qué significaría para mí “seguir remando” durante esta semana?