Hay palabras que deberían ser suficientes. Palabras que, cuando vienen de la persona correcta, deberían cerrar cualquier discusión. Sin embargo, todos sabemos lo fácil que resulta comenzar a dudar incluso de aquello de lo que ayer estábamos completamente seguros. Basta una mala experiencia, una opinión inesperada o una temporada en la que las cosas no salen como esperábamos para empezar a hacernos preguntas sobre cosas que creíamos tener resueltas.
Jesús acababa de escuchar una de esas palabras.
Había llegado hasta el Jordán para ser bautizado por Juan y, cuando salió del agua, ocurrió algo extraordinario. El cielo se abrió, el Espíritu de Dios descendió sobre Él y se escuchó la voz del Padre diciendo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
Hay un detalle importante en esta escena. Cuando el Padre pronuncia estas palabras, Jesús todavía no había comenzado aquello por lo que después sería conocido. Todavía no había sanado enfermos, multiplicado panes, caminado sobre el agua ni predicado a multitudes. No había hecho nada de aquello que llenaría las páginas de los evangelios y, sin embargo, el Padre ya lo llamaba Hijo amado.
Su identidad no fue el resultado de todo lo que iba a hacer; todo lo que hizo después nació de la seguridad de saber quién era.
Inmediatamente después, la escena cambia. Jesús pasa del Jordán al desierto, de escuchar la voz del Padre a escuchar la voz del tentador. Después de cuarenta días y cuarenta noches de ayuno, Mateo nos dice que tuvo hambre. Es precisamente en ese momento de debilidad cuando aparece el enemigo y pronuncia unas palabras muy significativas: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan».
La tentación parece estar relacionada con el hambre, pero hay algo más profundo ocurriendo. El problema no comienza con las piedras ni con el pan. Comienza con una pequeña palabra: «si».
El Padre acababa de decir: «Este es mi Hijo». Ahora otra voz decía: «Si eres Hijo…». El enemigo estaba colocando un interrogante exactamente donde Dios acababa de colocar un punto.
Quizá muchas de nuestras luchas comiencen de una manera parecida. Dios dice algo y, poco después, aparece otra voz intentando hacernos dudar. Sabemos que Dios nos ama, pero atravesamos una situación difícil y comenzamos a preguntarnos dónde está. Sabemos que le pertenecemos, pero cometemos un error y aparece la culpa intentando convencernos de que ya no somos dignos de acercarnos. Sabemos que Él ha prometido estar con nosotros, pero llega una temporada de silencio y terminamos interpretando su silencio como ausencia.
Poco a poco, aquello que Dios había afirmado comienza a llenarse de interrogantes.
La estrategia del tentador, sin embargo, no termina haciendo que Jesús dude. Hay una segunda parte en su propuesta: «Di que estas piedras se conviertan en pan». Es como si estuviera diciendo: «Si realmente eres quien dices ser, haz algo que lo demuestre».
Jesús tenía poder para hacerlo. Podía convertir aquellas piedras en pan. El problema no estaba en su capacidad, sino en aceptar la necesidad de demostrar algo que el Padre ya había declarado.
Esa sigue siendo una tentación muy presente en nosotros. Podemos pasar una enorme cantidad de tiempo intentando demostrar quiénes somos. Queremos demostrar que valemos, que somos capaces, que tenemos razón, que merecemos estar donde estamos o que somos tan buenos como los demás. Algunas veces intentamos demostrárselo a quienes nos rodean y otras veces, aunque resulte más difícil reconocerlo, estamos intentando demostrárnoslo a nosotros mismos.
Vivir así termina siendo agotador porque nuestra identidad empieza a depender de nuestra capacidad para producir continuamente pruebas que la sostengan. Si las cosas salen bien, nos sentimos seguros; si salen mal, comenzamos a cuestionarnos. Si alguien reconoce lo que hacemos, sentimos que estamos avanzando, pero si nadie lo ve, aparece la frustración.
Cuando necesitas demostrar constantemente quién eres, terminas dependiendo de lo que haces para sentirte seguro de lo que eres.
Jesús se negó a entrar en ese juego. No necesitaba hacer un milagro para confirmar que era el Hijo de Dios porque acababa de escuchar la voz del Padre diciéndole quién era. Su seguridad no dependía de convertir una piedra en pan, sino de permanecer sobre una palabra que ya había recibido.
Hay una enorme libertad cuando empezamos a comprender esto. Nuestra relación con Dios no comienza con todo lo que somos capaces de hacer para Él, sino con lo que hemos recibido de Él. No obedecemos para conseguir que Dios nos ame, sino porque hemos conocido su amor. No servimos para construir una identidad delante de Dios; servimos desde la identidad que hemos recibido en Él.
Cuando ese orden se altera, incluso las cosas buenas pueden convertirse en una manera de buscar aprobación. Es posible servir, trabajar, ayudar, alcanzar metas e incluso ser reconocido por otros mientras interiormente seguimos preguntándonos si somos suficientes. Ningún logro consigue responder definitivamente esa pregunta porque siempre hará falta otro. Después de una piedra convertida en pan necesitaremos otra demostración, y después otra.
Por eso una de las batallas más importantes de nuestra vida consiste en decidir qué voz tendrá autoridad sobre nosotros. No podemos evitar que existan otras voces. Habrá personas que opinen sobre nuestra vida, circunstancias que parezcan contradecir lo que creemos y días en los que nuestras propias emociones nos cuenten una historia diferente. Incluso nuestros errores tendrán cosas que decir acerca de nosotros.
Pero que una voz sea fuerte no significa que tenga autoridad.
Jesús escuchó al tentador, pero no construyó su identidad sobre sus palabras. Tampoco necesitó convencerlo de nada. Simplemente permaneció sobre aquello que el Padre ya había dicho.
Quizá por eso hay piedras que tenemos que aprender a dejar siendo piedras. No todo desafío necesita una respuesta, no toda crítica necesita una explicación y no toda persona necesita comprender nuestras decisiones. Hay momentos en los que intentar demostrar algo puede alejarnos precisamente de la seguridad que Dios quiere producir en nosotros.
Hay batallas que se ganan cuando dejamos de intentar demostrar quiénes somos y comenzamos a descansar en lo que Dios ha dicho de nosotros.
Jesús salió del Jordán siendo el Hijo amado del Padre. Entró en el desierto siendo el Hijo amado del Padre. Tuvo hambre siendo el Hijo amado del Padre y fue tentado sin dejar de serlo. Nada de lo que ocurrió en el desierto modificó lo que el Padre había dicho junto al Jordán. Las circunstancias habían cambiado profundamente, pero la verdad permanecía intacta.
Tal vez una de las cosas que necesitamos aprender cuando atravesamos nuestros propios desiertos es volver a escuchar la voz que habló antes que todas las demás. Antes de la crítica, antes del fracaso, antes de la comparación y antes de esa necesidad constante de demostrar que somos suficientes, Dios ya había hablado.
A veces la mayor demostración de seguridad es precisamente no demostrar nada y seguir caminando confiando en lo que Dios ya ha dicho.
PARA REFLEXIONAR
- ¿En qué áreas de mi vida siento que todavía necesito demostrar mi valor o quién soy?
- ¿Qué voces están teniendo más peso en mi manera de verme: lo que Dios ha dicho, lo que otros dicen o lo que mis circunstancias parecen decir?
- ¿Hay alguna «piedra» que estoy intentando convertir en pan simplemente para demostrar algo a otros o a mí mismo?
- ¿Qué verdad de Dios acerca de mi identidad necesito volver a recordar y creer hoy?