Lectura: 2 Crónicas 20:1-22
Hay batallas que elegimos y hay batallas que nos eligen a nosotros. Situaciones que aparecen sin previo aviso y que, de repente, tienen la capacidad de cambiarlo todo. Una llamada que no esperabas, una conversación difícil, un problema económico, una puerta que se cierra o una noticia que altera todos tus planes. Hay momentos en los que simplemente te encuentras frente a algo que no sabes cómo enfrentar.
Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Josafat. La Biblia nos cuenta que era un rey que había dispuesto su corazón para buscar a Dios. Estaba intentando caminar en sus caminos y llevar al pueblo en esa misma dirección. Sin embargo, una mañana recibió una noticia que lo cambió todo: un enorme ejército se acercaba para atacar Judá.
Josafat tuvo miedo. La amenaza era real y aquello era mucho más grande de lo que podía manejar. Pero su primera reacción nos enseña mucho acerca de cómo enfrentar nuestras propias batallas: en lugar de permitir que el miedo decidiera lo que iba a hacer, buscó a Dios.
Reunió al pueblo, proclamó ayuno y se presentó delante del Señor. Y allí hizo una de las oraciones más sinceras que encontramos en esta historia:
“No sabemos qué hacer, pero en ti buscamos ayuda.”
2 Crónicas 20:12 NTV
Hay algo profundamente liberador en esas palabras. Josafat no intenta aparentar que tiene todo bajo control. No presenta delante del pueblo un plan que realmente no tiene. Reconoce su impotencia y dirige su mirada hacia Dios. Quizá una de las expresiones más profundas de nuestra fe sea precisamente esa: poder reconocer que no sabemos qué hacer y, aun así, saber hacia dónde mirar.
A veces pensamos que confiar en Dios significa no sentir miedo, no tener dudas o tener siempre una respuesta preparada. Sin embargo, Josafat tuvo miedo. La diferencia estuvo en lo que hizo con ese miedo. En lugar de alejarse de Dios, corrió hacia su presencia. No siempre necesitas conocer la salida para saber hacia dónde mirar.
Y mientras ora, ocurre algo interesante. Antes de hablar extensamente acerca del ejército que viene contra ellos, Josafat comienza hablando acerca de Dios. Recuerda su poder, su soberanía, sus promesas y todo lo que había hecho anteriormente por su pueblo. No lo hace porque Dios haya olvidado su propia historia, sino porque Josafat necesita recordarla.
Las batallas tienen la capacidad de alterar nuestra perspectiva. Cuando miramos durante demasiado tiempo aquello que nos preocupa, el problema comienza a ocupar todo nuestro campo de visión. La amenaza parece cada vez más grande y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a mirar a Dios como si fuera más pequeño. Por eso necesitamos recordar. Recordar quién es Él, cómo nos ha sostenido anteriormente y cuántas veces su fidelidad nos ha acompañado hasta aquí.
La batalla puede haber cambiado tus circunstancias, pero no ha cambiado a Dios.
Mientras todo Judá permanece delante del Señor, esperando una respuesta, el Espíritu de Dios viene sobre un hombre llamado Jehaziel. Entonces Dios les habla:
“No tengan miedo. No se desalienten por este poderoso ejército, porque la batalla no es de ustedes, sino de Dios.”
2 Crónicas 20:15 NTV
Muchas veces queremos que Dios cambie inmediatamente aquello que estamos atravesando, pero algunas veces lo primero que Él cambia es nuestra manera de verlo. Su presencia no siempre significa que la batalla desaparece de inmediato; significa que ya no tenemos que enfrentarla de la misma manera.
Dios les dice que salgan al encuentro del enemigo. Deben marchar, ocupar sus posiciones y permanecer firmes. Es decir, confiar en Dios no significa quedarse paralizados. Ellos todavía tienen que avanzar hacia aquello que les produce temor, solo que ahora saben algo que antes habían olvidado: el Señor está con ellos.
A la mañana siguiente Josafat organiza al pueblo para marchar. Y es aquí donde la historia toma un giro extraordinario. Delante del ejército coloca cantores que van alabando a Dios mientras avanzan hacia el enemigo. No esperan a regresar victoriosos para cantar. Comienzan a hacerlo mientras la batalla todavía está delante de ellos.
“Den gracias al Señor, porque su fiel amor perdura para siempre.”
2 Crónicas 20:21 NTV
Alabar a Dios no es simplemente una respuesta emocional cuando las cosas han salido bien. Es también una declaración de confianza cuando todavía no sabemos cómo van a terminar. Ellos no estaban celebrando lo que podían ver; estaban declarando lo que sabían acerca de Dios.
Por eso la alabanza puede convertirse en una manera de pelear nuestras batallas. No porque cantar haga desaparecer mágicamente nuestros problemas, sino porque vuelve a colocar nuestra mirada en el lugar correcto. Mientras el miedo nos recuerda constantemente lo que podría suceder, la alabanza nos recuerda quién es Dios. Mientras las circunstancias intentan definir nuestra realidad, la adoración vuelve a afirmar que nuestra esperanza está en alguien que no cambia.
Y entonces sucede algo que nadie podría haber planeado. Mientras el pueblo comienza a cantar y alabar, Dios interviene. Los ejércitos que habían venido contra Judá terminan destruyéndose unos a otros. Cuando Josafat y su pueblo llegan al lugar desde donde podían observar al enemigo, la batalla ya había sido peleada.
Seguramente no todas nuestras historias terminarán de una manera tan inmediata o espectacular. Hay batallas que duran más de lo que quisiéramos y respuestas que tardan en llegar. Pero hay una verdad de esta historia que podemos llevar con nosotros a cualquiera de ellas: no hay situación en nuestra vida que cambie lo que Dios es.
Dios sigue siendo fiel cuando todavía no vemos la respuesta. Sigue siendo bueno cuando no entendemos el camino. Sigue estando presente cuando sentimos miedo. Y sigue siendo digno de nuestra confianza antes, durante y después de la batalla.
Quizá hoy te encuentres exactamente en ese lugar. No tienes una estrategia clara, no sabes cómo resolver lo que tienes delante y, si eres sincero, no sabes qué hacer. No necesitas esconderlo delante de Dios. Puedes hacer tuya la oración de Josafat: “No sabemos qué hacer, pero en ti buscamos ayuda.”
Porque no siempre podemos elegir las batallas que llegan a nuestra vida, pero sí podemos elegir dónde poner nuestros ojos mientras las atravesamos.
PARA REFLEXIONAR
- ¿Hay alguna situación en tu vida frente a la que sinceramente podrías decir: “No sé qué hacer”? ¿Dónde está puesta tu mirada mientras la atraviesas?
- ¿Qué necesitas recordar hoy acerca de quién es Dios y de cómo ha sido fiel contigo anteriormente?
- ¿Cómo sería adorar a Dios en medio de esta situación antes de ver la respuesta?