Devocional SERIE: Dios, solo dime

Escrito el 07/07/2026
iglesiavivemalaga


El sonido de su voz

Una de las preguntas que más nos hacemos cuando queremos seguir a Dios es: «¿Cómo puedo escuchar Su voz?». Nos gustaría que Dios hablara de una manera tan clara que fuera imposible equivocarnos. Esperamos una señal extraordinaria, una respuesta evidente o alguna experiencia que elimine todas nuestras dudas. En el fondo, muchas veces pensamos que si no estamos escuchando a Dios es porque Él no está hablando suficientemente fuerte.

Sin embargo, una de las imágenes más hermosas que encontramos en la Biblia acerca de la voz de Dios es precisamente la de un susurro.

Elías estaba atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida. Después de vivir grandes victorias, había terminado agotado, confundido y escondido en una cueva. Fue precisamente allí donde Dios salió a su encuentro. Primero vino un viento poderoso, después un terremoto y finalmente fuego. Todo parecía indicar que Dios aparecería en alguna de aquellas manifestaciones extraordinarias, pero no fue así. Después de todo aquello llegó «un silbo apacible y delicado», y fue entonces cuando Elías reconoció que Dios estaba allí.

Dios podría gritar. Podría hacer temblar todo a nuestro alrededor cada vez que quisiera llamar nuestra atención. Sin embargo, muchas veces decide susurrar. No porque le falte autoridad, sino porque el susurro presupone cercanía. Nadie susurra desde cien metros de distancia. Cuando alguien baja la voz, instintivamente tenemos que acercarnos, inclinar el oído y prestar más atención.

Quizá esa sea una de las razones por las que Dios susurra. Porque el propósito de Su voz no es simplemente transmitirnos información. Dios no quiere limitarse a decirnos qué decisión tomar, qué camino elegir o qué hacer mañana. Antes de mostrarnos el camino, quiere que conozcamos Su corazón. El objetivo de escuchar Su voz no es solamente recibir un mensaje, sino desarrollar intimidad con Él.

La historia de Samuel nos ayuda a comprenderlo todavía mejor. Cuando Dios comenzó a llamarlo, Samuel no fue capaz de reconocer Su voz. Estaba en el lugar correcto, sirviendo en la casa de Dios, pero todavía necesitaba aprender a conocer personalmente al Dios al que servía. Porque es posible estar cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, necesitar acercarnos más a Su corazón. Quizá antes de decir: «Señor, quiero escucharte», deberíamos aprender a decir: «Señor, quiero conocerte». Cuanto más conocemos a una persona, más fácilmente reconocemos su voz.

Samuel también tuvo que aprender a prestar atención. Dios estaba llamándolo, pero él respondía a la única voz que conocía. Y quizá nosotros hacemos algo parecido muchas más veces de las que imaginamos. Estamos presentes para las preocupaciones, las opiniones, las expectativas, las notificaciones y los problemas que nos rodean, pero nos cuesta estar verdaderamente presentes para Dios. El problema no siempre está en el volumen en el que Dios habla, sino en el ruido con el que nosotros vivimos.

Lo hermoso de la historia es que Dios siguió llamando a Samuel mientras él aprendía a reconocer Su voz. Hasta que finalmente pudo responder: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Aquellas palabras no expresaban solamente atención, sino también disposición. Porque escuchar a Dios no consiste únicamente en saber qué quiere decirnos; significa estar dispuestos a obedecerle.

Con el paso del tiempo, aquel muchacho que confundía la voz de Dios con la voz de Elí se convirtió en un hombre que vivió bajo Su dirección. La Escritura dice que Samuel creció, que el Señor estaba con él y que no dejó caer a tierra ninguna de Sus palabras. La meta de Dios nunca fue regalarle a Samuel una experiencia extraordinaria durante una noche. La meta era formar un hombre que viviera toda su vida guiado por Su voz.

Y quizá esa sea también la obra que Dios quiere hacer en nosotros. A veces estamos esperando una gran respuesta para una decisión concreta, mientras Dios está intentando formar un corazón que aprenda a caminar con Él cada día. Queremos que Dios nos diga qué hacer en un momento determinado, pero Él quiere enseñarnos a vivir cerca de Su corazón, a reconocer Su voz y a confiar en Su dirección durante toda nuestra vida.

Por eso, antes de pedirle a Dios nuevas palabras, quizá deberíamos preguntarnos qué hemos hecho con las que ya nos ha dado. ¿Las hemos guardado? ¿Las hemos obedecido? ¿Hemos permitido que transformen nuestra manera de vivir? Santiago nos recuerda que no debemos contentarnos solamente con escuchar la Palabra, sino llevarla a la práctica. Porque aprender a escuchar a Dios también significa aprender a responderle.

Hoy tenemos un privilegio que Samuel no tuvo. Él escuchó la voz de Dios en medio de la noche, pero nosotros hemos conocido a la Palabra hecha carne. Jesús dijo: «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen». Por eso, aprender a escuchar a Dios no consiste en perseguir constantemente experiencias extraordinarias. Consiste en permanecer cerca del Buen Pastor, conocer Su corazón y aprender a seguir Su dirección.

Quizá Dios no está guardando silencio. Quizá está más cerca de lo que pensamos. Tal vez, en medio de tantas voces, simplemente necesitamos hacer menos ruido, acercarnos un poco más y volver a decir con un corazón sincero: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

Para reflexionar

  • ¿Estoy buscando escuchar la voz de Dios solamente para recibir respuestas o estoy buscando conocer verdaderamente Su corazón?

  • ¿Qué voces, preocupaciones o distracciones están ocupando actualmente mi atención y dificultando que esté presente para Dios?

  • ¿Estoy dispuesto a obedecer a Dios incluso cuando Su respuesta sea diferente de la que esperaba?

  • ¿Qué palabras que Dios ya me ha dado necesito dejar de solamente escuchar y comenzar a poner en práctica?

  • ¿Qué puedo cambiar en mi vida diaria para permanecer más cerca del Buen Pastor y aprender a reconocer mejor Su voz?

Puedes dejar debajo tu comentario. En el botón de comentar 👇👇