Para reflexionar

Escrito el 16/01/2026
iglesiavivemalaga


Hay momentos en la vida cristiana en los que necesitamos detenernos, mirar hacia atrás y preguntarnos con honestidad: ¿estamos viviendo la fe que Jesús soñó para su Iglesia? El libro de los Hechos nos invita precisamente a ese ejercicio. No para idealizar el pasado, sino para redescubrir la esencia.

La primera iglesia no era perfecta, pero sí profundamente viva. Y esa vida no se explicaba por estrategias, estructuras o contextos favorables, sino por una realidad interior: hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, centrados en el nombre de Jesús y comprometidos con el propósito de Dios.

“Cuando la vida aprieta, no sale lo peor de nosotros; sale lo que hay dentro.”

Las dificultades no crean nuestro contenido interior, simplemente lo revelan. Pedro es un ejemplo claro: el mismo que negó a Jesús frente a una fogata, ahora habla con valentía delante de autoridades que podían quitarle la vida. ¿Qué cambió? No las circunstancias, sino lo que lo llenaba por dentro.

Ser llenos del Espíritu Santo no es solo una experiencia emocional o un recuerdo espiritual. Es una transformación profunda que redefine cómo respondemos al miedo, a la presión y a la adversidad.

“El Espíritu Santo no vino solo para que sintamos algo, vino para transformarnos por dentro.”

Cuando el Espíritu gobierna nuestra vida, la fe deja de ser defensiva y se vuelve valiente. No se trata de tener ausencia de temor, sino de obedecer a Dios incluso cuando el temor está presente.

La iglesia viva también es una iglesia que reconoce el poder del nombre de Jesús. No como una fórmula mágica ni como una herramienta para cumplir deseos personales, sino como la expresión de una autoridad que viene del cielo.

“El nombre de Jesús no existe para exaltar nuestros planes, sino para cumplir el propósito de Dios.”

Jesús sigue estando por encima de toda circunstancia, de toda amenaza y de toda oposición. Cuando la iglesia entiende esto, ora de una manera diferente. No ora solo para que los problemas desaparezcan, sino para que Dios sea glorificado en medio de ellos.

“No siempre necesitamos que la dificultad termine; a veces necesitamos más valentía para atravesarla.”

En Hechos 4, los creyentes no piden protección ni comodidad. Piden valor. Piden seguir hablando. Piden que Dios siga extendiendo su mano. Esa oración revela un corazón alineado con el cielo.

Una iglesia viva tampoco camina sola. La fe cristiana nunca fue diseñada para vivirse en aislamiento. La comunión no es un accesorio, es una necesidad espiritual.

“No existe una vida cristiana sana sin comunión con otros creyentes.”

La comunión va más allá de saludos o reuniones puntuales. Es compartir la vida, cargar las cargas del otro y caminar juntos en la fe. Cuando la iglesia cuida la comunión, Dios se encarga del crecimiento.

“Cuando cuidamos a los de dentro, Dios alcanza a los de fuera.”

Finalmente, una iglesia viva es una iglesia que entiende la necesidad de la renovación constante. No vive solo de lo que Dios hizo ayer, sino que anhela lo que Él quiere hacer hoy.

“No podemos enfrentar los desafíos de hoy con una unción del pasado.”

Ser renovados no significa negar lo vivido, sino permitir que el Espíritu Santo siga obrando, llenando y empujándonos hacia adelante.

Quizás hoy la pregunta no es qué iglesia queremos ser, sino qué tipo de creyentes estamos llamados a ser. Personas llenas del Espíritu, centradas en Jesús, comprometidas con su propósito y abiertas a una renovación constante.

“Una iglesia viva no se define por lo que recuerda, sino por lo que obedece.”

Que este tiempo sea una invitación personal a decirle a Dios: Señor, renuévame una vez más.